going offline
nótese este post llegando un sábado por la noche como statement de que gárgola digital NO vuelve
Querida amiga,
No te voy a mentir y decirte que no te he echado de menos en algún que otro momento, hasta hace unos días tenía preparado un listado de ins and outs que pensaba mandarte el día de reyes, como cada año. Tenía notas, borradores de ideas, conceptos ilegibles para cualquier persona, pero que el contexto ataba dentro de mi cabeza. Faltaba sentarme en frente del ordenador y ponerme a teclear. Qué pereza, la peor parte. Si lo que a mi me gusta es pensar y leer y dar vueltas a las cosas. No me siento súper elocuente hablando así que siempre he recurrido al teclado, a tuits, a esto, yo y el portátil. Y luego, mientras daba un paseo, me dije: “y si no lo hago?”
El leifmotiv del listado iba a ser una frase que leí, de todos los lugares, en LinkedIn: “people are craving for friction”. No me acuerdo si el post en sí iba sobre optimizar tu sales funnel o qué pero me quedaron las palabras haciendo runrun en la cabeza.
Desde esa primera vez lo he ido leyendo más veces, supongo que no soy la única que se quedó con el runrun de haber visto ese post semiviral. Hay gente que ya lo llama la moda del frictionmaxxing, pero como dice mi listísima amiga Rocío: “es eso una cosa real o un término que se han inventado para hacer capítulos de pódcasts?”
Uno de los puntos sobre 2026 a los que más vueltas le estaba dando y más me estoy cerciorando de aplicar en mi vida (porque creo que a finales de noviembre, cuando deje esta newsletter me lo olía pero ahora lo tengo clarísimo) es que es el momento de dejar Internet. Igual no hace falta hacerlo en un modo waldeniano, back to monke, mandando postales como haciendo cosplay de los años buenos (o sí, haz lo que llevas 10 años amenazando con hacer y vete a vivir a una cabaña en una aldea gallega despoblada), pero es que no puedo parar de pensar en que nunca ha habido un momento mejor para cerrar el ordenador y dejar de verter contenido (whatever that means anymore) en las redes sociales.
Durante las vacaciones de navidad me he borrado Instagram y TikTok (mis dos grandes brainrot factories) del movil, y me los iba instalando cuando había algo específico que quería ver. La motivación detrás del borrado era simplemente que me daba muchísima rabia mirar atrás a los días libres y ver que había grandes trozos de tiempo que había malgastado haciendo scroll inconsciente cada vez que me sentaba en el baño, o que me sentaba a atarme los zapatos, o estaba en el metro con tres paradas por delante. La rabia me funciona muchísimo más fuerte que la disciplina.
Pero volviendo a lo de que nunca ha sido tan fácil como ahora dejar internet: es que realmente no queda nada aquí. Hace unos 5 años, cuando me encargaba de la sección de cultura digital de Rockdelux, cada semana hacía un repaso de las cosas que habían pasado en Twitter, en Instagram o en Reddit, y había una narrativa real que no te podías perder. En la era post-pandemia desconectarte de la red también significaba desconectarte de la vida social y de la actualidad cultural, había stories que ver y beefs en twitter en los que posicionarte cada semana y cada día. Ahora… ya no. Todo se ha acelerado tanto, se ha emborronado tanto y lo social de Internet ha sido reemplazado tan drásticamente por lo comercial que honestamente, no te pierdes nada cerrando la puerta. La vida sigue.
Muy poco después de dejar esta newsletter semanal Blackbird Spyplane sacó un artículo que se llama This life gives you nothing y dios qué gustazo es cuando alguien pone en palabras el nubarrón que estás sintiendo. Jonah y Erin (que son los dos GENIOS que escriben la newsletter) hablan en ella de pensar en formatos digitales y de reentrenarte para dejar de hacerlo (porque la atención es todo lo que tienes y todo lo que marca tu vida). Te paso un fragmento traducido para que me entiendas y te animes a leer el post entero:
Durante un tiempo, cuando era mucho más activo en Twitter de lo que soy ahora, me encontraba, por ejemplo, fregando los platos y, sin querer, pensando en diversas cosas mundanas en forma de tuits. Algún germen incipiente de idea se me ocurría y, como un cómico cutre para quien cualquier banalidad es material, empezaba de inmediato a exprimirla en busca de todo su posible potencial “tuiteable”.
Quizá quedaba un poquito de detergente en el fondo de la botella, y pensaba en diluirlo con agua para sacarlo más fácilmente y hacer que la botella durara más. No pensaba eso simplemente. Gracias a Twitter, pensaba algo exponencialmente más insustancial y molesto, como: “El impulso masculino de rebajar el detergente…” o “Los dos géneros [foto de detergente nuevo vs. foto de detergente viejo diluido]…” o “Elige a tu luchador [las mismas dos fotos otra vez]…” o “Despierta, cariño, acaba de salir nuevo detergente diluido” o “Los hombres diluyen el último milímetro de detergente antes que ir a terapia…” o “No, pero la manera en que acabo de diluir el detergente…”
Y así sucesivamente. Solo iba pasando por una procesión de formulaciones estúpidas, heredadas de Twitter, que me cruzaban la cabeza, como una radio estropeada saltando de emisora en emisora. Era un poco como si estuviera jugando distraídamente a un rompecabezas mental, y un poco como si el cerebro se me estuviera escurriendo por las orejas. Había pasado tantas horas de tantos días leyendo tuits —encontrándome con los pensamientos de otras personas filtrados por los límites de caracteres y las convenciones idiomáticas específicas de esa plataforma— que las costuras entre mis propias experiencias, pensamientos y los tuits empezaron, a cierto nivel, a despegarse.
Me preocupa que algo parecido haya ocurrido en mi relación con la mirada. De la misma forma que antes se me ocurría una idea y enseguida recurría a una Frase Típica de Twitter para darle forma, ahora, cada vez que veo algo que me interesa, hay una sensación latente de que mi teléfono está ahí conmigo, encuadrando y constituyendo la visión, incluso aunque nunca publique la foto, incluso aunque nunca vuelva a mirarla y, lo más extraño de todo, incluso aunque ni siquiera saque el móvil.
Del mismo modo que una vez me condicioné a pensar en tuits, me he condicionado a ver en “posts”, en fotos para el “grid”, en “stories”, en vídeos enviados al grupo de WhatsApp, en .HEICs, y demás.
Este es el reverso de lo que la gente quiere decir cuando describe una tecnología como extremadamente “pegajosa”: puede quedarse adherida a ti, como el facehugger de Alien, incluso cuando no la estás usando.
Yo también quiero desprenderme de eso. En mi caso este pensar en formatos digitales se traducía en leer y ver cosas pensando si merecían ser o no ser incluídas en esta newsletter, en pensar, cada vez que era feliz, en cómo esto podía ser retratado en una story de Instagram, de la misma manera que antes de que Elon Musk hiciese Twitter inhabitable pensaba en 280 carácteres.
Un truco que he aprendido con los años y que me funciona a mi (y en esto cada uno tiene que encontrar los suyos) es que añadir hábitos es la única manera que tengo para quitarle espacio a los otros que no me gustan. Para esto de ir offline he sumado las siguientes:
Me he comprado una cámara Lumix TZ99, un capricho navideño para no depender del móvil cuando viajo o hago planes específicos. Además, 2x1, es una cámara con un zoom que te mueres para meter la puntita del pie en esto del birdwatching. Estoy segura que en el momento en el que sepa distinguir un mirlo de un tordo se curará en mi cabeza la enfermedad que me lleva acompañando los últimos 25 años.
También me he comprado un reproductor de MP3, que ahora valen como 30 euros. He aceptado que la mayoría del tiempo solo quiero un poco de musiquilla de fondo, así que me he descargado 4 playlists larguísimas de temáticas diferentes para escuchar según el mood (música para jugar al Magic, chumba chumba electrónica, música que sonaba en las tiendas GAP entre 1997 y 2006, y una última de todo folk de chicas tristes que se encuentra entre Mitski y Mazzy Star) y chau. Para salir a pasear sola de verdad.
Me he desuscrito de todas las newsletters que seguía para “estar al día”. Ahora solo lo eterno me interesa. Sigo súper a gusto algunas newsletters de experimentos de cocina (ni siquiera de recetas, que incluso la idea de no poder hacerlas todas es como encender un cigarro al lado de mi cerebro de ex-fumador (en este caso de persona adicta a estar en todo)), algunos como Blackbird Spyplane o Max Read en el que tiene más gracia el cómo lo dicen que lo que dicen (muy sign of the times también esto), newsletters de cotilleos donde leo con pasión el drama del grupo de whatsapp de madres por el que se están peleando Hilary Duff y Ashley Tisdale (cosas tan triviales que dan la vuelta). El no tener que leerlas me está reconstruyendo mi relación con las newsletters.
Albert y yo hemos empezado a hacer meses temáticos para ver películas, enero ha sido pelis indies americanas adyacientes a Sundance, febrero va a ser cine indio (desde Aparajito a RRR). El objetivo de esta chorrada es reducir el tiempo que tardamos eligiendo películas empequeñeciendo el cerco y también experimentar esta teoría de que adentrarte en una materia muy concreta es una de las recetas para curar la mente contaminada con el virus de internet
También me he hecho un finsta al que imagino migrar poco a poco, no por publicar cosas más privadas (para eso ya existen las listas de Mejores Amigos), sino para ver solo cosas que unos pocos amigos han subido (y no de las 1200 marcas y cuentas comerciales que sigo en la cuenta principal.
El iPad de Carmen Pacheco se ha convertido en mi imperio romano y seguramente el germen de toda esta ideación suicida de mi identidad digital, y aunque aún no lo haya aplicado, es el siguiente check en mi lista.
El cerebro no se rewirea de un día para el otro - cuando me descuido estoy tecleando “instag-” de nuevo en el buscador de mi móvil. Pero la fricción va haciendo su trabajo, y cada día se me es más fácil llegar a casa con la batería del móvil aún en verde. Tengo mucho más tiempo para hacer las cosas inútiles que me hacen feliz: estoy por fin aprendiendo unos básicos de programar, y pasando horas extra esudiando chino, y estoy leyendo ensayos largos y fanfics que me apetecían, y estoy cocinando, y estoy postulando para Alumna del Mes en las clases de Tonofit de mi gimnasio. Es increíble cómo se expande el tiempo cuando no te lo roban. Y aún queda camino por recorrer pero tengo todo el año por delante.




Halagada y al mismo tiempo temerosa de que los fans de Gárgola digital vengan con antorchas a por mí.
La idea del iPad es muy buena, no es necesario abandonar absolutamente todas las pantallas porque Internet puede seguir siendo divertido, aunque algunos oligarcas nos lo pongan difícil de coj****. Si quieres, échale un ojo a NetNewsWire, que es una app de código abierto (hay para macOS, iPadOS e iOS) donde puedes leer blogs/periódicos/newsletters (también las de substack), etc. ordenados por carpetas y sin necesidad de estar pendiente del correo. Para papers/ensayos/artículos sueltos está Zotero, que también es de código abierto y es una maravilla. 🩵
Pd: Y mucho ánimo con la programación, para recuperar la red hace falta gente guay que la construya.